El derecho de nacer en el metro….
Sofía Argüello Pazmiño
La
semana pasada dos niños nacieron en los andenes de la ciudad subterránea del
Distrito Federal: el metro. Recuerdo haber visto las noticias del nacimiento
del primer niño cuyo alumbramiento fue en la estación de metro Pantitlán y un
par de días después ver replicada la noticia sobre el nacimiento de otro niño
en la estación de metro Hidalgo. Aunque
no seguí con detenimiento las noticias recuerdo haber divagado, primero, con la
idea de que dos niños hayan nacido en dos estaciones de metro en donde día a
día pasan miles de personas. Pensé inmediatamente en las condiciones higiénicas
de haber llegado al mundo en el espacio under
de la ciudad, en donde diariamente se entrelazan miles de historias sobre la
movilidad urbana, el trabajo informal, el acoso sexual, el amor, los olores de
la urbe, la moda, etc. En segundo lugar, cuando ojeé las noticias uno de los
temas recurrentes con los que me topé fue con la novedad de que el Jefe de
Gobierno, Miguel Ángel Mancera, había ofrecido el uso vitalicio del metro, sin
costo, al primer recién nacido. No pude más que recordar el inicio de una de
las películas de Almodóvar, Carne
Trémula, en la que una mujer, Isabel (papel interpretado Penélope Cruz), da
a luz a su hijo en un autobús de servicio público. A Víctor, el niño de la
película, al igual que al recién nacido en el metro Pantitlán, le regalaron el
uso de por vida del servicio de transporte público. Finalmente, esta última asociación
caricaturesca venía acompañada por mi inquietud por saber qué había llevado a
dos mujeres a dar a luz en medio del mundo subterráneo de una gran ciudad. Una
visión estigmatizante frente a esta última situación podría resumirse con el
diálogo de la escena de Carne Trémula en
la que Isabel es llevada por “Centro”, la dueña de la pensión donde vive, al hospital
para dar a luz (alumbramiento que finalmente tuvo lugar en un autobús):
Centro: Mira que
ponerte de parto esta noche!!! Esto se avisa, eh!
Isabel: Yo que voy a
saber, Centro!
Centro: Pues si no lo
sabes tú…!!!???
Isabel: Si no sé contar…
Centro: ¡Ay la
incultura qué mala es!
En los casos de los nacimientos en las
estaciones de metro me imagino a mucha gente preguntándose cómo dos mujeres no
pudieron haberse preparado para dar a luz en un hospital: “¿Cómo puede ser
posible que, como Isabel, las mujeres no hayan sabido cuándo debían dar a luz?”
“¿Cómo puede ser posible que no se hayan preparado para el alumbramiento?” Y me
imagino a esas mismas personas repitiéndose a ellas mismas, al propio estilo de
Centro: “¡Ay la incultura qué mala es!”, “¡Si han de ser mujeres sin educación
que no saben nada sobre el embarazo!”, “Si hasta los animalitos saben, antes de
parir, donde hacer sus nidos”, “Pobres mujeres ignorantes”. Por supuesto, todas
estas preguntas son especulaciones mías para satirizar el escenario de los
nacimientos de los niños del metro. Y satirizarlo con el afán de ridiculizarnos
a nosotras mismas, las que no damos/daremos a luz en una estación de metro, y a
cuyos hijos no regalarán pases vitalicios para viajar en el metro por haber
nacido allí mismo. Pero además, para preguntarnos y reflexionar sobre qué hay
más allá entre este cuento de ficción de la película de Almodóvar y la realidad
de dos mujeres que parieron dos niños en Pantlitán e Hidalgo.
Esta misma tarde, una amiga compartió en
su muro de facebook un artículo titulado “La miseria que no se contó en un
parto mediático”. Ese artículo recoge la breve historia de María, la madre del
niño que nació en la estación de metro Pantitlán. María tiene 22 años. Este
último alumbramiento es su tercer parto. Tiene un hijo de cuatro años y otro de
diez meses. Hace ocho meses se separó de su pareja. Vive con sus hijos y su
madre Sabina. Ambas venden juguetes en el mercado en jornadas de trabajo de 8
horas diarias que les deja un total de 3.600 pesos mensuales (casi 300
dólares). María quería llegar al Hospital de la Mujer para dar a luz. A este
hospital pueden llegar mujeres que no tiene seguridad social. Para llegar allí María
debió tomar un bus que la llevase a una estación de metro cercana (un viaje de
45 minutos) y luego recorrer 50 kilómetros en el servicio subterráneo: 26
estaciones con dos cambios de línea. Pero la naturaleza no le permitió llegar y
terminó dando a luz en la estación Pantitlán. Ahora su hijo está en el Hospital Pediátrico de Coyoacán luchando
contra fuertes infecciones fruto de haber nacido en una estación por la que
pasan alrededor de 400.000 personas diariamente.
¡Ay la incultura qué mala es! Qué mala
es la “incultura” de los Estados que no brindan a sus ciudadanos sus derechos
básicos, y que demuestra que no todos son ciudadanos de “primer nivel”. María
no tiene derechos, y forma parte de las estadísticas de pobreza, desigualdad, morbilidad,
precariedad laboral, acceso a seguridad social, etc., etc., etc., de México. Y como
las desigualdades se reproducen, su hijo tampoco será sujeto de derechos y solo
tendrá un derecho efímero, un derecho ridículo, un derecho de película. El derecho
de haber nacido en el mundo under de
la ciudad: el derecho a no pagar nunca un boleto de metro….
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