Cuando era niña me
gustaba jugar a “la comidita”, me gustaba jugar con “las barbies”, tenía una
profunda obsesión, que aún la sigo teniendo, con las alhajas y los zapatos de
mi abuelita y con los de mi madre. Cuando jugaba a “la comidita”, y me ponía de
mal humor por jugar sola, mi abuelita enviaba a su “empleada doméstica” –siempre
una muchacha indígena- a que jugara conmigo. Solo hasta llegada la adolescencia
pude tomar conciencia de estos episodios, y muchos de esos recuerdos de mi
primera socialización me llevaron a estudiar el bachillerato en ciencias
sociales en el colegio y posteriormente la carrera de sociología en la
universidad. También me condujeron a declararme feminista avanzados ya mis
veinte y tantos años.
Si bien me gusta
cocinar, y dicho sea de paso, lo hago bien; y si bien sigo adorando los zapatos
y las alhajas, mi aversión con los juegos de “la comidita” y “las barbies”
tienen explicaciones profundas. No hay nada de malo en el hecho de cocinar o de
jugar con muñecas, hasta que uno se da cuenta de las formas de reproducción
social desiguales y excluyentes que eso significa. Jugar a “la comidita” no
significaba jugar a escenificar “ser chef”, sino a escenificar “ser madre
abnegada”, “ama de casa a tiempo completo”, “subordinada al espacio reproductivo”
cuyo trabajo no es remunerado ni reconocido. Lo que es peor, en algunos casos
significaba tener a alguien -por supuesto una mujer- que en ausencia de la mujer
de “la casa” cumpla ese trabajo, reproduciéndose así no solo desigualdades de
género, sino además de clase y muchas veces étnicas. El juego de “las barbies”
tiene también su historia que contar. Este juego casi siempre era un juego
entre primas, y aunque todas teníamos similares capitales sociales, culturales,
económicos acumulados, este juego sacaba a flote emociones perversas. Desde las
terribles competencias por quién tenía la barbie más “bonita”, quién tenía más
barbies, quién tenía la mayor cantidad de ropa para vestirlas, el carro, la
casa, la piscina, el Ken. Ya en las historia que armábamos para los juegos nos
peleábamos por quién iba a ser la periodista (presentadora de televisión),
quién iba a tener el Ken (porque eran escasos), es decir, quién iba a tener
novio. Nos peleábamos, cual novela mexicana o venezolana, por quién iba a ser
“la pobre” y quien “la rica”, quien la exitosa y quien la caída en desgracia.
En fin…
Tomando en cuenta esta
breve descripción de mi socialización primaria, y mis cuestionamientos a estos
mecanismos de reproducción de las desigualdades, siempre estuve alerta de tomar
cautela cuando le llegara el momento a mi hija de enfrentarse a estos juegos
estereotipados. En casa la tarea fue sencilla. Libros en lugar barbies, juegos
en el parque, un hula-hula, varios pares de zapatos deportivos para que juegue
a las cogidas (bull dog como lo llaman en México), un wii con juegos diversos,
alguno que otro peluche de gato, varias, pero varias cajas de colores, hojas y
pegamento para sus “obras de arte”, clases de natación, clases de artes
circenses, entre otras. Pero lo que uno no puede controlar como madre o padre,
de manera directa, son las formas de socialización en la escuela. Aunque Renata
está en una escuela “no tradicional” esto no le quita que en ella no se
reproduzcan estereotipos sociales. Es más, es el papel del sistema escolar
mantener y producir estas brechas de desigualdad por más “activa” y
“alternativa” que sea (Y ojo que la escuela nos encanta!). Sumado a ello, la
escuela de mi hija permite que los niños y las niñas lleven juguetes (siempre que no los utilicen en el salón de
clase). En este contexto, hace unos meses Renata llegó con la novedad de que
varias de sus amigas estaban llevando a la escuela unos muñecos llamados
“neonatos”. Me dijo que eran unos peluchitos pequeños. Le prometí que los
buscaríamos. Un par de días después, preguntamos en una juguetería sobre el
famoso muñeco y nos respondieron que lo vendían en la tienda “Distroller”. Le
pregunté a la encargada en dónde quedaba esa tienda y me dijo que la más
cercana estaba en un gran centro comercial del sur de la Ciudad de México. Dejé
en suspenso la búsqueda. Pasaron los días y Renata me explicaba, en distintos
momentos de nuestras conversaciones cotidianas, que el famoso “neonato” tenía
un certificado de nacimiento, biberón, ropa, pañal, colonia, jarabe para la tos
y que, en la tienda donde lo vendían, le “ponían las vacunas” y le daban su
“carné de inscripción”. Le pregunté insistentemente si se trataba de un muñeco
que se asemejaba a un bebé humano y todas las veces me dijo que no. Luego le
pregunté si conocía la famosa tienda “Distroller” y me dijo que no la conocía,
porque nunca habíamos ido allí, y que lo único que sabía de ella era que es la
tienda de las estampitas de “virgencita plis”. Para mí ese último detalle me
sonó como mal indicio. Sucede que por todo México circula la imagen
infantilizada, caricaturizada y colorida de la virgen de Guadalupe en estampas,
pulseras, camiseta, cuadernos y mil cosas más. Todos estos objetos tienen la
imagen de la virgen con pedidos de favores.
Leyendas tales como: “virgencita plis, cuida mi laptop”, “virgencita
plis que Juanito me dé una oportunidad”, “virgencita posfis mándame más lana
(plata/dinero)”, etc., etc., etc. Con este mal presagio llegamos un sábado a la
tienda. Estaba llena de madres y niñas que compraban el famoso “neonato”. Cada
niña pedía un nuevo accesorio, una vacuna, un nuevo muñeco. Renata recorrió la
pequeña tienda y yo pregunté el precio de los famosos muñequitos. Cada uno (que
no miden más de 15 c.m) costaba 500 pesos (alrededor de 45 dólares). Renata y
yo seguimos observando. Después de unos minutos salimos de la tienda y le
pregunté si le gustaba el muñeco y por qué. Me dijo que si le gustaba el muñeco
(que parecía peluche y que por eso le gustaba), pero que no le gustaba porque se
le tenía que dar el biberón o la papilla. Aproveché esa reflexión de Renata
para meter mi cuchara. Le dije que si no le parecía extraño que deba cuidar
algo como si fuese humano o un ser vivo cuando no lo es. Se quedó pensando y
luego me dijo que sí, y que a ella no le parecía “chévere” pasar todo el recreo
de la escuela jugando a cuidar a un “neonato” cuando podría ir a jugar y
divertirse de otras maneras con varias niñas pero además con los niños. Aproveché
nuevamente estás reflexiones y le dije a
Renata que no le iba a comprar el muñeco porque me parecía cierto que, teniendo
tantas cosas a qué jugar en el recreo con sus amigas, pero además con sus
amigos, sería infructuoso tenerlo. Pero además insistí en decirle que existe
toda una industria de juguetes, como “Distroller” que se enriquecen vendiendo
juguetes que solo refuerzan los estereotipos sobre las mujeres, y que más allá
del negocio que el neonato representa, estaba mi profunda adversidad por
juguetes que obligan a las niñas a fortalecer estereotipos en torno a los roles
sociales que las mujeres debemos cumplir (este último punto es un eje de
discusión que he tenido con Renata desde que tiene uso de razón y me preguntó
por qué no le compramos barbies, por ejemplo). Renata ya conoce y comprende
todo esto, y lo ha naturalizado. No insistió en que le compre el famoso muñeco
y decidió llevar a su escuela un pequeño osito de peluche llamado “Sr. Huevitos”.
Muchas veces me pongo a pensar en lo difícil o no que podría resultar para
Renata socializar con sus amigas cuando ella no tiene un “neonato”. Algunas
veces he pensado en comprarlo, pero me he detenido porque sería dejar abierta
una hendidura para invertir todo lo que hemos logrado con el tema de qué juguetes
y qué tipos de juegos están permitidos. De todos modos, sigue siendo difícil, y
hasta tonto, impedir que los niñas y las
niñas sigan jugando juegos que imiten los estereotipos de género, porque es de esa
manera que se siguen reproduciendo y manteniendo las desigualdades sociales.
Muy interesante el texto. Y desde luego, l@s niñ@s no juegan, se entrenan, se les prepara a ocupar los roles de adulto. Y sí, uno puede permitir o prohibir, pero siempre hay espacios que uno no controla como padres o madres. Tú has hablado de las muñecas; a mí no me preocupa eso con mi hija, pues aunque no se las negamos, tampoco tiene inclinación por ellas. Un tiempo le dio la onda de las princesas -también por vía de la escuela-; ni modos, piratita le compré algún video de la Barbie, pero nunca la dejamos que la viera sola, la veíamos con ella y hacíamos comentarios críticas sobre las escenas que se desarrollaban en el video. Mariana va aprendiendo a cuestionar lo que ve y escucha. No sé, quizás el verdadero asunto sea cómo educar, socializar, críticamente, más que prohibir. A mí me preocupa más lo que ven en la TV; por ejemplo el chavo me parece bastante peligroso, sería interesante explorar el modo de ver hasta qué punto el chavo ha "educado" a muchas generaciones de Mexicanos, es decir, qué tanto ha influido para reproducir esquemas de discriminación; eso me parece bastante preocupante; no más ni menos que la socialización de género, sino tan importante.
ResponderEliminarAparte pensaba en esas niñas que no tienen acceso a las barbies ni muchas de esas cosas tan caras, que tampoco juegan porque desde niñas ya cuidan niños, a sus hermanitos y hermanitas. Ellas están en peores condiciones porque sin haber jugado con neonatos, fueron socializadas para sacrificarse por los hijos, por la familia. No sé, el asunto tiene varias aristas, unas verdaderamente desgarradoras
Pero no es mi intención criticar, sino dejar constancia de que tu texto me estimuló a decir algo, yo que no suelo hablar en estos espacios, ni en muchos otros.
Saludos
Gracias por tus comentarios Ariel, excelentes! Me alegra poder compartir estas ideas contigo, que además de ser un gran colega estás en el camino de la paternidad. Sabes que cuando escribía el texto, pensaba que lo hacía, por supuesto, desde mi lugar "privilegiado". Me parece estimulante pensar en esas niñas (y niños) que como lo anotas, no tienen acceso a juguetes "caros", y lo que es peor, no tienen "tiempo" para jugar. Al contrario de mis experiencia infantiles muchas niñas no pueden "jugar" a la "comidita" porque ellas desde muy pequeñas ya están cumpliendo con esos roles reproductivos y mecanismos de desigualdad (más allá del género). También dejamos ver a Renata películas de princesas, porque no se trata de prohibir sino de encaminar. Pero esto del "neonato" me llamó mucho la atención por cómo pueden llegar a ser los espacios de socialización institucionales (como la escuela).
ResponderEliminarEl juego es muy importante, pero no lo es todo, a mí me preocupa más el trato que dan los profesores donde hacen distinciones importantes por género, lo que se espera de cada uno, así como la violencia de género que infligen a través de sus expresiones por ejemplo: "Eso se ve muy mal en una niña" "Pareces niña" "como hombre" esas expresiones y conducatas las repiten cada día y uno difícilmente se entera.
ResponderEliminarTienes toda la razón L E. Hay todo un mundo de socialización en la escuela en el que niños, niñas, maestras/os increpan a las niñas, espacialmente, por vestir o peinarse de manera distinta a las que deberían "hacerlo las niñas".También sucede con el uso del cuerpo, cuando las niñas "no se sientan de manera adecuada", "no caminan bien", "caminan como niños", etc., etc., etc.
EliminarJa, recibí un muñeco bebe anatomicamente corecto de mi abuela feminista cuando cumplí 7 años (en 1977). Que decepción tuve.
ResponderEliminarpor qué la decepción, Chris?
EliminarYa lo vi como algo para una niña, no queria cuidar a un bebe. ¿No es obvio?
ResponderEliminarPensé en dos alternativas:
Eliminar1. La más obvia, que en los años 70's tu abuela feminista te haya regalado un muñeco para romper con los roles de género asignados social y culturalmente (y creo que lo hizo porque viste el regalo como algo para una niña y para reproducir el rol del cuidado), y
2. La menos obvia, que tu abuela feminista te haya regalado un muñeco anatómicamente correcto cuando no debía haberlo hecho porque debería ser "natural" que los hombres se dediquen también al cuidado de los niños/as. Esta última puntualización, creo yo, es una proyección de cómo quisiera ser, yo misma, cuando sea abuela: viviendo en un mundo donde las brechas sobre los roles sociales entre hombres y mujeres sean más y más difusos, y donde no deba regalar a mi nieto un muñeco para que "aprenda" a compartir y subvertir el trabajo reproductivo!
Querida sofi, estoy pasando por algo parecido con pedro, solo tiene quince meses y ya lo encasillan en roles de duro y fuerte en la guarderia, intentamos ironizar con esas ridiculeses con las otras madres y padres estupidos que juegan a decir y describir el fisico de mi hijo. El otro dîa me solte una, que el Ro me dijo: ya vacan! creo que entendieron que no te gusta eso,les solte una muy fuerte como: " que suerte que no es latino sino ya tendriamos que vigilar los bolsillos y preguntarnos si lleva armas? " Se quedaron un poco perplejas y luego cambiaron el tema. Hay formas de socializaciôn en las instituciones que te rompen, son como gigantes de piedra que te ponen en situaciones de lucha permanente y te prometo que cansa. Estamos jugando con pedro a ser dulce y a no pegar, pero de pronto te encuentras con lo que hay afuera y ves un mundo cargado de simbolos machistas y una orda de esteriotipos dispuestos a comernos. pedro tiene muchas munecas pero adora los carros! Creemos que hay que ensenarle a cuestionarse y a tener una postura (aqui la temporalidad nos juega barcelona todos los dias), luego la prohibiciôn es facil fachada y esta demostrado que no funciona. Un beso y que bueno que abristes êsta pâgina de discuciôn, me ha gustado mucho.
ResponderEliminarNela!!
EliminarQué gusto saber de ti y me encantan tus comentarios sobre el proceso de crianza de Pedro! Tiene toda la razón en lo que dices, sobre todo en el tema de la prohibición; que no funciona ni funcionará nunca porque la socialización estructura los órdenes de género más allá de la "agencia" de los padres, madres e hijos!!!
Abrazos!!
Por dónde andas?
Cerquita si me vienes a ver...., en interno te mando mis cantinfladas.
EliminarSobre este tema de prohibiciôn en infantes la chica Dolto hablo un poquito, y yo me preguntaba conjuntamente con el Ro, si los sentimientos de frustraciôn frente a la prohibiciôn son importantes que existan?,y nos respondemos: de todas maneras la frustaciôn forma parte de la educaciôn, y que educaciôn damos nosotros sino es desde lo que creemos. cada familia tiene sus propias consideraciones particulares sobre el bien y el mal (a groso modo) entonces, que tipo de padres seriamos sino ponemos en practica nuestras consideraciones, nuestra manera de ver el mundo, tal vez unos padres: desafectuosos, desinteresados, descuidados, negligentes. mi cunada es vegetariana y dice que su punto de vista sobre el vegeterianismo no se lo va a imponer a su hijo, porque es una desiciôn personal, pero en asuntos de gênero donde transcurren procesos de transfiguraciôn identitaria donde quedamos nosotros y pedro? necesitamos cambios estructurales de gênero y yo decidi comenzar conmigo y mis chinos. Pero me pregunto a menudo como desmonto el mal del sistema patriarcal-machista, y me digo que hay que destruirlo desde adentro, en los fuegos de Orodruin (Frodo).
Un abraso desde el sur, se los quiere mcuho por aqui.